Los estudiantes de la asignatura “Humanismo y Ética Básica” de los campus de Córdoba y Sevilla han culminado un programa de Aprendizaje‑Servicio (ApS) integrado en un proyecto de Innovación Integral de la Universidad Loyola, titulado “Aprendizaje-servicio y desarrollo moral en universitarios”, coordinado por la profesora Zaida Espinosa Zárate y en el que participan docentes del Departamento de Humanidades y Filosofía.
Esta iniciativa permitió a los estudiantes entrar en contacto directo con realidades sociales complejas y vincular los contenidos teóricos de la asignatura con experiencias prácticas en entidades del tercer sector como Claver-SJM, Córdoba Acoge, InteRed, Entreculturas y Proclade Bética.

El objetivo principal del proyecto fue fomentar el desarrollo moral del alumnado y, en concreto, su percepción o sensibilidad moral a través del contacto con realidades sociales necesitadas. Para compartir y visibilizar esta experiencia de aprendizaje-servicio, los docentes implicados en el proyecto recogieron reflexiones y extractos de los diarios de campo de los estudiantes, donde estos narraban el impacto personal y académico que generó su participación en esta iniciativa.
Un aprendizaje que conecta teoría y realidad
La mayoría del alumnado destacó que el Aprendizaje‑Servicio les permitió comprender la ética desde la experiencia concreta, dejó de ser solo teoría para convertirse en acciones reales.

Muchos expresaron que conceptos trabajados en clase adquirieron un significado nuevo al verlos aplicados en situaciones reales. Así lo expresó Lucía Serrano: «En la clase, son ideales filosóficos; en Córdoba Acoge, los ves materializados en cada esfuerzo que hacen por ayudar a una persona migrante a conseguir un papel, un alojamiento o simplemente un espacio donde ser escuchados».
De la misma forma, Marina Roldán señaló: «La experiencia de aprendizaje-servicio con Córdoba Acoge me ha parecido muy útil y profundamente educativa, porque me permitió aprender ética desde una perspectiva más vivencial y no solo teórica».
También estudiantes como Laura Díaz experimentaron este aprendizaje en actividades con menores: «Poder ver cómo los niños (…) cooperaban entre sí y respetaban los turnos me ayudó a entender la importancia de una buena educación no solo centrada en contenidos teóricos, sino en construir personas con valores como el respeto, la convivencia y la cooperación».

En contextos migratorios, Ana del Olmo destacó: «La visita al centro y la clase de español nos hicieron poner en práctica y ver conceptos como dignidad, igualdad o integración».
La experiencia también permitió conectar contenidos filosóficos con la realidad. Como afirmó Paula Rojano: «La ética de la virtud aristotélica puede ser aplicada de manera explícita a las tareas de la ONGD, porque su trabajo no se restringe al cumplimiento de reglas, sino que aspira a educar individuos y comunidades en términos morales». También, como explica Patricia Díaz-Villaseñor, «la ética deontológica kantiana se basa en el deber moral, en el que hay que conseguir que todos los humanos poseamos dignidad. La ONGD se basa en muchos conceptos de la ética kantiana, para ellos las personas son un fin en sí mismas, ya que trabajan precisamente para erradicar la explotación de los trabajadores en zonas desfavorecidas»
ONG como espacios de transformación social
Durante las estancias en ONG, el alumnado pudo observar cómo se encarna la lucha por la dignidad humana. Ana Camacho-Vasconi expresó: «Córdoba Acoge muestra que es factible neutralizar impactos negativos a través de la creación de redes de apoyo, el impulso de la dignidad y la igualdad, y el fomento de una coexistencia intercultural fundamentada en el respeto mutuo y la solidaridad». Mercedes Pereda subrayó la dimensión ética del voluntariado: «Este voluntariado es una forma concreta de expresar tu fe mediante el compromiso con los más vulnerables.»

En InteRed, el alumnado tomó conciencia de desigualdades educativas cercanas. Genoveva Anguita lo expresó así: «La experiencia de Aprendizaje-Servicio ha supuesto para mí un antes y un después en la forma en la que entiendo la realidad social».
Y Andrea Herrera, desde Córdoba Acoge, afirmó: «Lo más valioso no es cubrir necesidades urgentes, sino acompañar a una persona con una historia detrás a obtener una documentación o una vivienda, o, dicho en otras palabras, brindarles la dignidad que se merecen».
Una experiencia con impacto personal y social
El Aprendizaje‑Servicio también generó cambios significativos en el plano personal. Patricia Díaz-Villaseñor destacó: «Es una enorme oportunidad de crecer personalmente, ya que se aprenden a desarrollar habilidades como son la empatía, la comprensión, la paciencia, el trabajo en equipo o la resolución de problemas».

Otros estudiantes expresaron una toma de conciencia social profunda. Así lo reconoció Paula Sánchez‑Losada: «Esto me ha hecho replantear mis privilegios y entender qué luchas deben continuar para garantizar este derecho, entre otros». Irene Gómez también reflexionó sobre su aprendizaje: «Los conceptos que estudiamos dejaron de ser palabras para transformarse en gestos, miradas y pequeñas acciones que podían marcar una diferencia».
Para algunos, como Davinia Molina, la experiencia supuso un cambio de mirada: «Se volvió algo propio (…) y aunque cueste reconocer estas situaciones, es importante concienciar y tomar idea de lo que ocurre en nuestro mundo». Otros, como Manuel Hidalgo, reflexionaron sobre la responsabilidad personal: «Nuestra moral debería empujarnos a sacarnos de esa postura de privilegio (…) luchando para que otros puedan acceder también a ellos».

Las experiencias educativas también fueron transformadoras. Así lo expresó Maite Cortés: «Estar en el aula de apoyo me hizo entender que educar no es solo transmitir conocimientos, sino también ofrecer un espacio de seguridad, respeto y confianza». Y en Claver, María Blázquez compartió: «He podido ver cómo con pequeños gestos se pueden hacer cosas muy positivas en la vida de los demás».
Compromiso con la identidad jesuita de Loyola
El Aprendizaje‑Servicio refleja la misión jesuita de formar personas conscientes, competentes, compasivas y comprometidas. Cecilia Molina subrayó: «Me ha permitido conocer desde dentro cómo funciona una ONG y todo el trabajo que hay detrás». También Sandra María Álamo destacó: «Me ha ayudado a entender la ética de una forma más práctica, ya que muchos conceptos que en clase parecen abstractos han cobrado sentido al verlos aplicados en la realidad».

La dimensión comunitaria del proyecto la resumió Marta Téllez: «El objetivo principal del proyecto es fomentar un acompañamiento educativo y humano entre jóvenes y niños, favoreciendo el desarrollo emocional y académico de ambos». Y, como concluyó Celia Genoveva Redondo: «Participar me ha ayudado a ver cómo la sociedad y los niños perciben distintas desigualdades, mediante una participación activa muy divertida y amena».
En definitiva, el alumnado de la Universidad Loyola no solo ha fortalecido sus aprendizajes académicos, sino que también han contribuido a la transformación social de su entorno, dando vida a los valores que definen a la universidad jesuita.
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