El punto de la cadena alimentaria en el que se pierden o desperdician los alimentos cambia según el nivel de desarrollo de cada país.
Un estudio de la Universidad Loyola concluye que las economías desarrolladas registran los valores más altos en distribución y consumo doméstico, mientras que en los países en desarrollo los principales problemas se localizan en la producción agrícola, la manipulación poscosecha y el almacenamiento.
El trabajo, publicado en la Revista de Economía Mundial con el título “Pérdidas y desperdicios de alimentos a lo largo de la cadena de suministro: análisis comparativo de países desarrollados y en desarrollo”, ha sido elaborado por los investigadores e investigadoras de la Universidad Loyola José Ignacio Clemente González, María José Montero Simo, Mercedes Torres Jiménez y Yolanda Muñoz Ocaña.
El objetivo fue comprobar si las pérdidas y el desperdicio varían significativamente entre las fases de la cadena de suministro y según el desarrollo del país, además de identificar los factores que explican esas diferencias. Se trata de un estudio observacional basado en datos secundarios, sin experimentación con personas o animales.
Más de 21.700 observaciones de 149 países
El equipo ha estudiado 21.736 registros de 149 países incluidos en la base de datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) de 2022. Las observaciones corresponden al periodo 2000-2021 y recogen el porcentaje de masa alimentaria perdido o desperdiciado para productos, territorios y fases concretas de la cadena.
La investigación combina un análisis descriptivo con pruebas estadísticas de Kruskal-Wallis. Los valores medianos agregados de las etapas estudiadas alcanzan el 39,67 % en los países desarrollados y el 21,87 % en los países en desarrollo. En las economías desarrolladas, las cifras más altas se sitúan en consumo doméstico, con un 17 %, y distribución, con un 10 %.
El artículo distingue entre pérdidas alimentarias, producidas antes de la venta minorista, y desperdicio, asociado principalmente a la comercialización y el consumo. En los países en desarrollo, las primeras fases afrontan problemas relacionados con infraestructuras deficientes, falta de refrigeración y tecnología, plagas, enfermedades, condiciones climáticas adversas y dificultades de acceso a financiación.
Oferta, demanda y criterios estéticos
En los países desarrollados, las causas se vinculan en mayor medida con la sobreproducción, la falta de coordinación entre productores y comercios, los desajustes entre oferta y demanda y el rechazo de alimentos por su tamaño, forma o apariencia, aunque conserven su seguridad y valor nutricional.
José Ignacio Clemente González explica que “en distribución, las principales causas son el desajuste entre la oferta y la demanda, y problemas estéticos, ya que cada vez el consumidor demanda fruta estéticamente perfecta, más allá de sus propiedades”. Esta exigencia puede dejar fuera del mercado productos aptos para el consumo por motivos únicamente visuales.
El equipo advierte de que la base de datos presenta una distribución desigual: contiene 672 observaciones de países desarrollados frente a 21.064 de países en desarrollo. Además, solo el 3 % de los registros ofrece información sobre las causas y faltan datos de algunos procesos y economías emergentes. Los resultados de determinadas etapas deben, por tanto, interpretarse con cautela.
Soluciones diferentes para cada contexto
La investigación propone adaptar las medidas a las causas predominantes en cada territorio. En los países en desarrollo, recomienda reforzar la formación del sector agrícola, mejorar el transporte, el almacenamiento y la cadena de frío, y facilitar el acceso a equipamiento y financiación.
En los países desarrollados, las prioridades pasan por coordinar mejor a productores, distribuidores y comercios, perfeccionar la previsión de la demanda, facilitar la donación y redistribución de excedentes y promover hábitos de compra y consumo más responsables. El estudio señala también el potencial de la inteligencia artificial, los sensores conectados y las plataformas digitales para prevenir pérdidas y canalizar excedentes.
“Las empresas deben ser responsables, no solamente en la dimensión económica, sino también en la social y ambiental, estableciendo medidas de eliminación o minimización del desperdicio o desarrollando una publicidad responsable que no fomente la compra compulsiva”, señala Clemente González. El investigador subraya asimismo el papel de las administraciones públicas y recuerda que España cuenta desde 2025 con una ley específica para prevenir las pérdidas y el desperdicio alimentario.
El artículo relaciona la reducción de este problema con la producción y el consumo responsables, la lucha contra el hambre y la pobreza y la acción climática. Según los datos citados en el trabajo, alrededor de un tercio de los alimentos producidos para consumo humano se pierde o desperdicia cada año y estas pérdidas generan aproximadamente el 6 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero.
Referencia bibliográfica
Clemente-González JI; Montero-Simo MJ; Torres-Jiménez M; Muñoz-Ocaña Y. “Pérdidas y desperdicios de alimentos a lo largo de la cadena de suministro: análisis comparativo de países desarrollados y en desarrollo”. Revista de Economía Mundial, 72, 25-50. https://doi.org/10.33776/EUHU/rem.v72i.8824



