Carlos Vázquez Monzón, Universidad Loyola
La vuelta a la Luna ya no se parece al relato lineal de las misiones Apolo. Hoy es un problema de sistema, de arquitectura y de permanencia.
En febrero de 2026, NASA actualizó su programa Artemis con una idea clave: aumentar la cadencia de misiones (incluyendo una adicional en 2027) y aspirar más adelante a, por lo menos, un alunizaje por año. En ese rediseño, la segunda misión tripulada, Artemis III, prevista para mediados de 2027, dejará de ser el primer aterrizaje –como se había previsto en un principio– y pasará a convertirse en una misión de demostración en órbita terrestre. Mientras, Artemis IV asumirá el regreso humano a la superficie lunar, previsto para finales de la década.
Este cambio no es un retroceso, sino una señal de madurez. Explorar la Luna hoy no consiste en repetir un hito, sino en construir una capacidad sostenida.
La misión invisible que lo hace posible
A primera vista, Artemis III puede parecer menos espectacular que un alunizaje. Sin embargo, es una de las misiones más críticas del programa. Su objetivo es validar el funcionamiento conjunto de todos los elementos clave: el lanzamiento con el cohete SLS, el viaje en la nave Orión y, sobre todo, el encuentro y acoplamiento con naves comerciales en órbita.
Ese “ensayo general” es fundamental. Las futuras misiones dependerán de una coreografía precisa entre vehículos desarrollados por distintos actores. Si algo falla en esa cadena (acoplamientos, transferencias de tripulación, comunicaciones…), el sistema completo se resiente. Artemis III sirve, por tanto, para probar que esa arquitectura compleja funciona antes de arriesgar un descenso a la superficie lunar.
Tecnologías que cambian las reglas del juego
El programa Artemis introduce una diferencia esencial respecto a Apolo: ya no depende de un único sistema cerrado, sino de una red de tecnologías interconectadas.
El cohete SLS proporciona la potencia necesaria para salir de la órbita terrestre con tripulación. La nave Orión permite transportar astronautas en el espacio profundo con sistemas avanzados de soporte vital. A esto se suman los sistemas de tierra y control de misión, diseñados para hacer que cada vuelo sea repetible y escalable.

Pero el cambio más profundo está en la integración con la industria privada. Los sistemas de aterrizaje humano (aún en desarrollo) serán construidos por empresas, no directamente por la NASA. Esto marca una transición hacia un modelo híbrido: la agencia define los objetivos científicos y de seguridad, mientras que el sector privado aporta flexibilidad e innovación tecnológica.
El polo sur lunar: ciencia y estrategia
El destino elegido para las futuras misiones no es casual. El polo sur lunar concentra algunos de los lugares más interesantes del satélite: regiones en sombra permanente que podrían albergar hielo de agua, materiales extremadamente antiguos y registros de la historia temprana del sistema solar.

El interés es doble. Por un lado, científico: estudiar la evolución de la Luna, los impactos y la actividad solar primitiva. Por otro, estratégico: si existe agua utilizable, podría convertirse en recurso clave para sostener misiones humanas, produciendo oxígeno o, incluso, combustible.
Artemis no solo pretende llegar allí, sino que hace posible trabajar sobre el terreno: desplegar instrumentos, utilizar rovers y operar con trajes diseñados para largas actividades extravehiculares.
Gateway y la Luna como infraestructura
Otro de los pilares del programa es Gateway, una pequeña estación espacial en órbita lunar. Su función no será únicamente servir como punto de paso, sino como nodo logístico y científico.

Gateway permitirá coordinar misiones, almacenar suministros y facilitar operaciones más complejas. En lugar de misiones aisladas, la exploración se convierte en una red de tránsito: una infraestructura que conecta la Tierra, la órbita lunar y la superficie.
Este enfoque marca un cambio conceptual profundo. La Luna deja de ser un destino puntual para convertirse en un entorno operativo.
Más allá de la Luna: el camino hacia Marte
El verdadero objetivo de Artemis no termina en la Luna. NASA lo enmarca dentro de su estrategia “Moon to Mars”: utilizar el entorno lunar como banco de pruebas para misiones aún más ambiciosas.
Vivir y trabajar en la Luna implica resolver problemas que también aparecerán en Marte: radiación, aislamiento, autonomía operativa, uso de recursos locales y fiabilidad de sistemas a largo plazo. Cada misión Artemis aporta datos y experiencia en estos ámbitos.
El primer gran salto… antes de darlo
Artemis III, en su nueva definición, puede parecer una etapa intermedia. Pero es, en realidad, el punto en el que la exploración espacial cambia de naturaleza. Ya no se trata de demostrar que podemos llegar, sino de demostrar que podemos volver, repetir y mantenernos.
Si tiene éxito, la humanidad estará más cerca de convertir la presencia en la Luna en algo habitual. Y ese será, quizás, el verdadero gran salto: no volver a pisarla una vez más, sino aprender a no dejar de hacerlo.![]()
Carlos Vázquez Monzón, Profesor Ayudante Doctor, especializado en Astrofísica y Astrodinámica, Universidad Loyola
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
Para citar este arículo, utilice su DOI: https://doi.org/10.64628/AAO.657h7c7ca



