Rafael Vázquez Jiménez, consultor del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso, reflexiona en la Universidad Loyola sobre la vigencia del Concilio Vaticano II y los retos del diálogo entre religiones en un mundo plural y secular.
La Facultad de Teología de la Universidad Loyola ha celebrado una conferencia centrada en la actualidad del diálogo interreligioso y la libertad religiosa a partir de los documentos Nostra Aetate y Dignitatis Humanae, seis décadas después del Concilio Vaticano II.
El invitado ha sido Rafael Vázquez Jiménez, recientemente nombrado consultor del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso. Es asimismo director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe y de la Subcomisión Episcopal para las Relaciones Interconfesionales y el Diálogo Interreligioso de la Conferencia Episcopal Española, y profesor del Centro Superior de Estudios Teológicos San Pablo (Málaga).

Durante su intervención, Vázquez Jiménez subrayó la plena vigencia de los documentos conciliares en un mundo marcado por la pluralidad religiosa y la secularización, así como la necesidad de seguir construyendo espacios de encuentro basados en el respeto, la libertad de conciencia y la búsqueda compartida de la verdad.
Entrevista
Sesenta años después del Concilio Vaticano II, ¿por qué siguen siendo actuales documentos como Nostra Aetate y Dignitatis Humanae?
Siguen siendo actuales por la temática que abordan: el diálogo interreligioso y la libertad religiosa. Vivimos en un mundo plural y secular, y los cristianos necesitan claves para situarse en este contexto. Estos documentos ofrecen precisamente esa orientación que hoy sigue siendo necesaria.
En su momento, ¿qué supusieron de novedoso o incluso revolucionario?
Supusieron un cambio importante, especialmente en la aceptación del Estado moderno como no confesional y en el reconocimiento de la libertad religiosa. Se afirma que nadie puede ser coaccionado en materia de fe y que cada persona debe ser respetada en su conciencia. Además, Nostra Aetate introduce una novedad clave: reconocer que en otras religiones hay elementos de verdad y de santidad.
En el contexto actual, ¿atraviesa el diálogo interreligioso algún tipo de crisis?
Más que una crisis negativa, diría que está en revisión constante. Existen dos riesgos claros: el relativismo, que lleva a pensar que todo da igual y, en el fondo, niega la verdad; y el rechazo al diálogo desde posturas excluyentes. El desafío está en encontrar un equilibrio que permita un diálogo auténtico.
Ha sido recientemente nombrado consultor del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso. ¿En qué consiste esta labor?
El dicasterio es un organismo al servicio de la Santa Sede que promueve el diálogo entre religiones. Los consultores colaboramos en distintas cuestiones, elaborando informes o participando en grupos de trabajo. En mi caso, he participado en encuentros con hinduistas o con representantes de diversas religiones en Irak, abordando temas como el discurso de odio.
¿Qué papel debe desempeñar la universidad en el fomento del diálogo interreligioso?
Es fundamental. La universidad debe ser un espacio de encuentro y reflexión interdisciplinar donde las religiones puedan aportar su patrimonio y su sabiduría al ámbito académico, científico y social. Ese diálogo contribuye al bien común.
¿Qué destacaría de la actitud de los jóvenes ante la diversidad religiosa?
Me sorprende positivamente su actitud. Tienen una disposición natural al respeto y a la acogida del otro, ven la diversidad como algo normal. Esa base es esencial para el diálogo, aunque también necesita ser acompañada de reflexión para no caer en el relativismo.
En definitiva, ¿qué significa convivir en la diferencia?
Significa, en primer lugar, tener una identidad clara. En segundo lugar, ser capaces de acoger al otro como es, sin pretender cambiarlo. Y, por último, dialogar con una intención sincera de buscar la verdad juntos. El diálogo no es para convencer, sino para caminar en común hacia la verdad.




