Carlos Vázquez Monzón, Universidad Loyola
Durante años, algunos de los exoplanetas más intrigantes descubiertos por los astrónomos parecían auténticos mundos cubiertos por océanos globales. Eran más grandes que la Tierra pero menos densos que los planetas rocosos conocidos, una combinación que muchos investigadores interpretaron como señal de enormes cantidades de agua bajo atmósferas densas.
Ahora, un nuevo estudio propone una idea sorprendente: muchos de esos supuestos “mundos oceánicos” podrían no estar dominados por agua, sino por materiales ricos en carbono, similares al hollín o a los compuestos orgánicos presentes en algunos cometas. Esta nueva hipótesis podría obligar a replantear parte de lo que creemos saber sobre la diversidad de planetas de nuestra galaxia.

¿Qué es un “planeta de hollín”?
El término puede sonar extraño, pero no se refiere a planetas cubiertos de ceniza negra. En astronomía, el hollín describe materiales orgánicos sólidos ricos en carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno (los llamados compuestos CHON), presentes también en meteoritos primitivos y en algunos cuerpos helados del Sistema Solar.
Según el nuevo modelo, estos materiales podrían acumularse masivamente durante la formación de ciertos planetas. El resultado serían mundos relativamente ligeros y poco densos, muy parecidos –al menos desde la distancia– a los planetas ricos en agua que los astrónomos creían haber encontrado.

El problema es que, en la mayoría de los casos, los investigadores solo pueden medir dos propiedades fundamentales de un exoplaneta: su masa y su tamaño. A partir de esos datos calculan su densidad media e intentan inferir de qué está hecho. Esto se traduce en que distintos materiales pueden producir densidades similares, de manera que un planeta con enormes cantidades de agua y otro dominado por compuestos carbonosos podrían parecer prácticamente idénticos en las observaciones actuales.
El origen de la idea: la “línea de hollín”
La hipótesis no apareció de la nada. Ya en 2023 varios investigadores habían propuesto que, además de la famosa “línea de nieve” (frost line) –es decir, la región del disco protoplanetario (disco de gas y polvo alrededor de una estrella joven del que se forman planetas) donde el agua puede congelarse– debía existir también una “línea de hollín” (soot line).
Dentro de esa frontera, las altas temperaturas destruyen los compuestos orgánicos sólidos. Más allá, estos materiales sobreviven y pueden incorporarse masivamente a los planetas en formación. Según los modelos recientes, muchos subneptunos (planetas más grandes que la Tierra y más pequeños que Neptuno) podrían haberse formado precisamente en esa región intermedia: demasiado cálida para acumular grandes cantidades de hielo, pero perfecta para retener carbono sólido.

Eso tendría consecuencias enormes. Significaría que buena parte de los mundos clasificados hasta ahora como “oceánicos” podrían ser, en realidad, planetas ricos en carbono.
El papel del telescopio James Webb
La discusión ha cobrado fuerza gracias al telescopio espacial James Webb, que está revolucionando el estudio de atmósferas planetarias.
Cuando un exoplaneta pasa delante de su estrella, parte de la luz estelar atraviesa su atmósfera antes de llegar a nosotros. Analizando esa luz, los astrónomos pueden identificar moléculas concretas a partir de sus firmas espectrales.
En los últimos años, el Webb ha detectado metano, dióxido de carbono y otros compuestos en varios exoplanetas considerados candidatos a “mundos oceánicos”. Uno de los casos más famosos es K2-18b, situado a unos 120 años luz de la Tierra. Sus observaciones llevaron a algunos investigadores a proponer que podría tratarse de un planeta cubierto por océanos bajo una atmósfera rica en hidrógeno.

Sin embargo, el nuevo estudio plantea otra interpretación. Una atmósfera rica en metano y carbono también podría ser coherente con un planeta formado mayoritariamente por compuestos orgánicos sólidos, no necesariamente por agua.
Además, los investigadores creen que estos mundos podrían generar densas neblinas fotoquímicas, similares a las de Titán, la luna de Saturno. De hecho, algunos estudios recientes sugieren que muchos espectros “planos” observados por el Webb podrían deberse precisamente a este tipo de atmósferas cargadas de hidrocarburos.
Mundos de grafito… y quizá diamantes
Las implicaciones geológicas también son fascinantes. Bajo enormes presiones, el carbono acumulado en el interior de estos planetas podría transformarse en grafito o incluso en diamante. Algunos modelos plantean mantos parcialmente compuestos por materiales carbonosos capaces de alterar radicalmente la conductividad térmica y la dinámica interna del planeta.
Eso podría afectar incluso a la existencia de campos magnéticos o a la actividad volcánica. En 2026, el descubrimiento de exoplanetas con atmósferas extremadamente ricas en azufre y océanos globales de magma ha reforzado la idea de que la diversidad planetaria es mucho mayor de lo que se pensaba hace apenas una década.
¿Qué implica para la búsqueda de vida?
El hallazgo también afecta a una de las grandes preguntas de la astronomía moderna: cuántos planetas potencialmente habitables existen en la galaxia.
Hasta ahora, detectar indicios relacionados con agua convertía automáticamente a un exoplaneta en un objetivo prioritario para la astrobiología. Pero si parte de esas señales pueden explicarse también mediante mundos ricos en carbono, será necesario reinterpretar algunos resultados recientes.
Eso no significa necesariamente que estos planetas sean estériles. Al contrario: podrían poseer químicas orgánicas extraordinariamente complejas, ricas en hidrocarburos y moléculas prebióticas.
Por ahora, la hipótesis sigue abierta. Harán falta observaciones más precisas y futuros telescopios capaces de estudiar atmósferas exoplanetarias con mucho más detalle.
Pero el mensaje ya es claro: cuanto más aprendemos sobre los planetas fuera del Sistema Solar, más evidente resulta que la galaxia contiene mundos mucho más extraños y diversos de lo que habíamos imaginado.![]()
Carlos Vázquez Monzón, Profesor Ayudante Doctor, especializado en Astrofísica y Astrodinámica, Universidad Loyola
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
Para citar este arículo, utilice su DOI: https://doi.org/10.64628/AAO.fypfnfgh5



