Patricio Venegas Aravena, Universidad Loyola
Cuando los científicos hablan de terremotos, suelen usar dos palabras que el público confunde con frecuencia: peligro y riesgo. El peligro sísmico describe la probabilidad de que el suelo alcance determinados niveles de sacudida en un lugar, mientras que el riesgo sísmico es la probabilidad de que ese peligro cause daños a personas o infraestructuras.
Con esta distinción observemos los mapas de peligro sísmico europeo. El modelo de referencia actual ESHM20 (European Seismic Hazard Model 2020) fue desarrollado por un amplio consorcio de instituciones del continente. Los tonos rojizos se concentran en el sur: Italia, Grecia y Turquía. Intuitivamente, interpretamos que estos son los lugares más peligrosos de Europa. Hasta cierto punto, esa interpretación es correcta, pero oculta una contradicción que merece una reflexión más detenida.
El mayor terremoto de Europa ocurrió en Portugal
Si grandes terremotos tienen potencial de generar más daño a una misma distancia, cabría esperar que el mayor registrado en Europa se hubiera producido en Grecia, Italia o Turquía. Sin embargo, el más grande del que tenemos constancia ocurrió el 1 de noviembre de 1755 frente a las costas atlánticas de la península ibérica. Con una magnitud cercana a 9 Mw (escala de movimiento sísmico), se conoce como el Gran Terremoto de Lisboa y probablemente se cobró la vida de 100 000 personas. Puesto en perspectiva, la península ibérica puede producir terremotos equivalentes a unas 600 millones de bombas atómicas como la lanzada sobre Hiroshima.
Podemos entender este seísmo contrastándolo con eventos más recientes. Fue similar en magnitud al de Tohoku-oki de 2011 en Japón, el cuarto más grande registrado con instrumentos modernos. A pesar de toda la tecnología antisísmica japonesa, generó daños directos de unos 185 000 millones de dólares y fue el desastre socio-natural más costoso de la historia. Se cobró más de 15 000 vidas y desplazó a cientos de miles de personas. Además, provocó el conocido accidente en la central nuclear de Fukushima Daiichi debido a la fuga de material radiactivo. Clasificado con el máximo nivel de gravedad, igualó al desastre de Chernóbil. Claramente, las consecuencias por terremotos pueden abarcar múltiples áreas.

Lo que la ciencia nos dice
Estudios en el suroeste de España han identificado varios eventos grandes previos a 1755, incluidos en la época romana, lo que habla de una zona con largos registros de actividad sísmica. Para entender la distribución temporal de los terremotos se habla del “tiempo de recurrencia”: indica el lapso medio entre terremotos de magnitud similar en un mismo lugar, relacionado con la acumulación de energía a lo largo del tiempo.
Estimaciones sugieren recurrencias de mil años en la zona ibérica. Es decir, que faltarían más de 700 años para que pueda ocurrir de nuevo un terremoto de similar al de Lisboa. Sin embargo, en los mil años previos al terremoto de la capital portuguesa hay registro histórico de, al menos, cuatro eventos significativos en la región (en 881, 1048, 1356 y 1531). Luego no es seguro pensar que el siguiente gran terremoto ocurra dentro de varios siglos.
Importan el cuándo… y el dónde
A las personas le interesa saber cuándo experimentarán un terremoto destructivo, no si la fuente del mismo coincide en el espacio con eventos pasados. Un ejercicio útil consiste en tomar el intervalo medio observado entre terremotos. Por ejemplo, en Chile la recurrencia de grandes terremotos puede ser de 300 años. No obstante, seísmos en zonas contiguas pueden estar separados por solo 12-15 años.
Para el caso ibérico, este tiempo es aproximadamente de 220 años. Resulta llamativo que, desde 1755, haya transcurrido un tiempo comparable e, incluso, superior.
Suele considerarse el terremoto del 28 de febrero de 1969 (7.9 Mw), originado en el sudoeste de Portugal, como aquel evento “faltante”, pero su energía liberada fue 45 veces menor a la de Lisboa, una pequeña fracción. Además, ambos eventos ocurrieron cerca uno del otro. Si un lugar es capaz de generar eventos de en torno a 9 Mw, el terremoto de 1969 no tuvo tiempo suficiente de acumular una cantidad significativa de energía. No hay que descartar que el siguiente puede seguir esperándonos.
El fantasma de L'Aquila
Antes del terremoto de L'Aquila (Italia), sucedido en 2009, tuvo lugar una serie de temblores menores. Ante esto, unos pocos técnicos alertaban de un gran seísmo inminente, mientras muchos otros expertos pedían cautela. Sin embargo, algunas autoridades “tranquilizaban” a la desconcertada ciudadanía bromeando con “tomar vino” para relajarse. Lamentablemente, días después se produjo el terremoto principal, donde murieron más de 300 personas.

Estos hechos generaron un debate: ¿cómo comunicar riesgos inciertos pero potencialmente devastadores? La lección de desastres como L'Aquila o Tohoku es clara: la ausencia de certeza no justifica ignorar los escenarios extremos. Aunque sean poco probables, sus consecuencias pueden ser tan graves que merece la pena estar preparados para ellos.
Riesgos sísmicos en lugares como Sevilla
Aunque los modelos incorporan información histórica, la incertidumbre previa a los grandes terremotos genera dudas en la estimación del peligro sísmico ibérico.
El escenario empeora si consideramos zonas como Sevilla. En estos lugares, el terreno amplifica las ondas sísmicas, aumentando el potencial daño. Con peligros sísmicos potencialmente subestimados, es probable que la normativa de construcción vigente también esté afectada. Contemplar explícitamente terremotos del tamaño del ocurrido en 1755 cada pocos siglos cambiaría drásticamente el color del mapa del ESHM20 en la península ibérica.
Actualmente, la comunidad científica conoce la existencia de este riesgo. Entonces, ¿por qué terremotos como el de Lisboa siguen siendo tratados como excepciones históricas? Quizás para no enfrentarnos a una realidad incómoda. Ninguna persona actual vivió aquella catástrofe; asumimos que es una curiosidad inofensiva y que no nos alcanzará. Pero la evidencia muestra que este tipo de eventos podrían ser mucho más recurrentes de lo que pensamos. La cuestión es si estamos preparados para cuando se repitan.![]()
Patricio Venegas Aravena, Profesor e investigador de física aplicada, Universidad Loyola
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
Para citar este arículo, utilice su DOI: https://doi.org/10.64628/AAO.c5t3rh9r3



